Yoga más allá de las posturas: una tradición de transformación interior

El yoga es mucho más que una práctica de posturas corporales. A lo largo de más de dos mil años, diferentes tradiciones desarrollaron métodos de meditación, disciplinas éticas, ejercicios respiratorios y caminos filosóficos destinados a transformar la relación del ser humano con su cuerpo, su mente y su manera de vivir. En este artículo recorremos la historia y las principales dimensiones del yoga para descubrir qué existe más allá de la esterilla.

Sankalpa - Equipo de redacción

7/7/202611 min read

Para millones de personas, la palabra yoga evoca inmediatamente una serie de imágenes conocidas: cuerpos flexibles realizando posturas complejas, esterillas extendidas sobre el suelo, ejercicios de respiración, música relajante y clases destinadas a mejorar la movilidad o reducir el estrés. Esta forma de entender el yoga no es necesariamente incorrecta. La práctica corporal puede producir beneficios importantes y constituye, para muchas personas, una puerta de entrada hacia una tradición mucho más amplia. El problema comienza cuando confundimos esa puerta de entrada con la totalidad del camino.

El yoga posee una historia de más de dos mil años y comprende una enorme diversidad de escuelas, textos, métodos y concepciones filosóficas. A lo largo de los siglos fue entendido como disciplina de meditación, camino de liberación espiritual, sistema de conocimiento, práctica ascética, forma de devoción y método para transformar la relación del ser humano con su cuerpo y su mente. Las posturas corporales forman parte de esta historia, pero nunca constituyeron por sí solas la totalidad del yoga.

Comprender esta diferencia no significa despreciar las clases modernas ni exigir que toda persona interesada en practicar yoga se convierta en especialista en filosofía india. Significa reconocer que detrás de aquello que hoy encontramos en gimnasios, centros de bienestar y redes sociales existe una tradición intelectual y espiritual extraordinariamente compleja. Acercarnos a ella puede enriquecer nuestra práctica y ayudarnos a responder una pregunta fundamental: ¿qué buscaba originalmente el yoga?

Una palabra con muchos significados

La palabra yoga proviene del sánscrito y suele relacionarse con la raíz verbal yuj, cuyo significado puede vincularse con las ideas de unir, sujetar, concentrar o poner bajo disciplina. De allí procede la conocida interpretación del yoga como "unión".

Esta traducción puede resultar adecuada dentro de determinadas escuelas, especialmente aquellas que entienden la práctica como una forma de unión entre el individuo y una realidad suprema. Sin embargo, no todas las tradiciones del yoga comparten exactamente la misma filosofía ni persiguen los mismos objetivos.

En algunos contextos, el yoga significa disciplina de la mente. En otros, método de meditación, control de los sentidos, conocimiento espiritual, devoción religiosa o liberación respecto del sufrimiento y del ciclo de los renacimientos.

Esto nos permite comprender algo importante desde el comienzo: nunca existió un único yoga. Lo que encontramos a lo largo de la historia es una gran familia de prácticas y enseñanzas que comparten determinados problemas fundamentales. ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué nuestra mente parece incapaz de permanecer tranquila? ¿Hasta qué punto somos libres frente a nuestros deseos, temores y hábitos? ¿Es posible transformar nuestra manera de experimentar la realidad?

Las distintas tradiciones del yoga ofrecieron respuestas diferentes a estas preguntas, pero coincidieron en algo fundamental: la transformación humana requiere práctica.

Antes de las esterillas de yoga

La historia del yoga es mucho más antigua que las clases colectivas que conocemos actualmente. Algunas de sus raíces pueden rastrearse hasta los textos védicos y las antiguas tradiciones ascéticas de la India, aunque las prácticas y doctrinas que posteriormente recibirían el nombre de yoga fueron desarrollándose gradualmente durante siglos.

Las Upanishads, compuestas a lo largo del primer milenio antes de nuestra era, contienen reflexiones fundamentales sobre la conciencia, la respiración, la meditación, el conocimiento del ser y la liberación espiritual. En estos textos encontramos algunos de los grandes problemas filosóficos que influirían posteriormente sobre las tradiciones yóguicas.

También el Bhagavad Gita, uno de los textos más influyentes de la cultura india, presenta diferentes caminos de yoga. Allí aparecen el karma yoga, relacionado con la acción realizada sin apego a sus resultados; el jñana yoga, vinculado con el conocimiento; y el bhakti yoga, centrado en la devoción.

Esta diversidad resulta reveladora. Una persona podía practicar yoga mediante la disciplina de sus acciones, la búsqueda del conocimiento o la orientación devocional de su vida. El yoga no era identificado exclusivamente con una práctica corporal.

Patanjali y la disciplina de la mente

Uno de los textos más importantes para comprender la historia del yoga es el Yoga Sutra, atribuido tradicionalmente a Patanjali. Compuesto probablemente durante los primeros siglos de nuestra era, presenta una sistematización de prácticas y conceptos vinculados con el yoga.

El texto comienza con una de las definiciones más conocidas de toda la tradición: yogash chitta-vritti-nirodhah. Aunque su traducción ha sido objeto de numerosos debates, puede interpretarse aproximadamente como la detención, restricción o aquietamiento de las fluctuaciones de la mente.

Esta definición resulta sorprendente para quien identifica el yoga exclusivamente con el ejercicio físico. El problema central del yoga de Patanjali no consiste en conseguir mayor flexibilidad corporal. Consiste en comprender y transformar el funcionamiento de la mente.

Nuestra experiencia cotidiana está marcada por pensamientos, recuerdos, deseos, temores, expectativas y reacciones que aparecen constantemente. La mente se desplaza hacia el pasado, imagina el futuro, busca aquello que desea y rechaza aquello que teme.

El yoga propone desarrollar una disciplina capaz de modificar esa relación automática con nuestra propia actividad mental.

Los ocho miembros del yoga

El Yoga Sutra presenta un camino conocido tradicionalmente como ashtanga yoga, el yoga de los ocho miembros. Este sistema muestra con claridad hasta qué punto las posturas constituyen solamente una parte de una disciplina mucho más amplia.

Los dos primeros miembros son yama y niyama. Los yamas incluyen principios relacionados con nuestra conducta hacia los demás, como la no violencia, la veracidad, la honestidad, la moderación y el desapego. Los niyamas se refieren a disciplinas personales como la limpieza, el contentamiento, la austeridad, el estudio y la orientación hacia lo divino.

Después aparece asana, la postura corporal. Le siguen pranayama, relacionado con la regulación de la respiración; pratyahara, la interiorización o retiro de los sentidos; dharana, la concentración; dhyana, la meditación; y finalmente samadhi, un estado de profunda absorción contemplativa.

La estructura resulta significativa. La práctica corporal ocupa un lugar importante, pero se encuentra integrada dentro de un proceso ético, físico, respiratorio, psicológico y contemplativo.

El objetivo no consiste simplemente en dominar el cuerpo. Consiste en transformar progresivamente la totalidad de nuestra experiencia.

¿Qué significaba originalmente asana?

Actualmente utilizamos la palabra asana para referirnos a las numerosas posturas practicadas en las clases de yoga. Algunas exigen equilibrio, otras fuerza, flexibilidad o coordinación. Sin embargo, en los textos antiguos el término poseía un significado mucho más sencillo.

En el Yoga Sutra, Patanjali dedica solamente unos pocos aforismos a las posturas. El más conocido afirma sthira sukham asanam: la postura debe ser estable y confortable. El objetivo principal era permitir que el practicante pudiera permanecer sentado durante largos períodos de meditación sin que el cuerpo se convirtiera constantemente en una fuente de distracción.

Con el desarrollo posterior del hatha yoga, las prácticas corporales adquirieron una importancia mucho mayor. Aparecieron nuevas posturas, técnicas respiratorias, sellos corporales, prácticas de purificación y complejos modelos del cuerpo sutil.

La historia del yoga continuó transformándose. Esto también significa que el yoga moderno no es simplemente una versión degradada de una tradición antigua. Es el resultado de una larga historia de innovaciones, reinterpretaciones y encuentros culturales. Sin embargo, reconocer esta evolución no debería hacernos olvidar que la práctica corporal siempre estuvo relacionada con objetivos más amplios.

El cuerpo como instrumento de conocimiento

Algunas personas creen que las tradiciones espirituales necesariamente desprecian el cuerpo. La historia del yoga demuestra que la cuestión es mucho más compleja.

Especialmente dentro de las tradiciones tántricas y del hatha yoga, el cuerpo adquirió una enorme importancia como espacio de práctica y transformación. La respiración, la postura, la alimentación, los sentidos y la energía vital; todos estos aspectos podían convertirse en objetos de observación y disciplina.

El cuerpo dejaba de ser simplemente algo que poseemos. Se convertía en un lugar desde el cual aprender a observar nuestra propia experiencia. Esta idea conserva una gran actualidad. Muchas personas viven profundamente desconectadas de sus sensaciones corporales. Pasan horas sentadas frente a pantallas, comen sin prestar atención, respiran superficialmente y solamente recuerdan que poseen un cuerpo cuando aparece el dolor.

La práctica consciente del yoga puede ayudarnos a recuperar esa sensibilidad. Pero el objetivo no debería consistir únicamente en conseguir un cuerpo más flexible, debería permitirnos habitarlo con mayor atención.

Yoga y respiración

La respiración ocupa un lugar fundamental en muchas tradiciones yóguicas porque representa un puente entre la actividad corporal y los estados mentales.

Cuando estamos nerviosos, la respiración cambia. Cuando sentimos miedo, puede volverse rápida y superficial. Cuando estamos tranquilos, suele adquirir un ritmo más lento.

Las prácticas de pranayama surgieron de una extensa reflexión sobre estas relaciones entre respiración, atención y experiencia interior.

Aunque las técnicas varían enormemente entre las diferentes escuelas, todas comparten una intuición fundamental: aprender a observar y regular la respiración puede modificar nuestra manera de experimentar el cuerpo y la mente.

Por ello, una práctica de yoga realizada mecánicamente, sin prestar atención a la respiración, pierde una dimensión fundamental de la tradición. Moverse conscientemente significa también aprender a respirar conscientemente.

Yoga y ética

Uno de los aspectos más olvidados del yoga contemporáneo es su dimensión ética. En el sistema de Patanjali, la práctica no comienza con las posturas. Comienza con la manera en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos.

La no violencia, ahimsa, ocupa un lugar central. No se refiere únicamente a evitar la agresión física, sino que invita a reflexionar sobre nuestras palabras, nuestros hábitos y las consecuencias de nuestras acciones.

La veracidad, satya, nos obliga a examinar nuestra relación con la mentira y el autoengaño. Asteya, la honestidad o el no robar, puede extenderse hacia las diferentes formas en que nos apropiamos de aquello que no nos corresponde.

Estos principios muestran que el yoga no fue concebido únicamente como una práctica privada destinada a producir experiencias agradables.

La transformación interior debía reflejarse en nuestra manera de vivir. Una persona podía dominar técnicas respiratorias complejas y permanecer durante horas en meditación, pero si continuaba actuando de manera violenta, deshonesta o egoísta, algo fundamental faltaba en su práctica.

El yoga como conocimiento de la mente

Quien comienza a meditar descubre rápidamente que gran parte de nuestra actividad mental ocurre sin que la hayamos elegido conscientemente.

Aparecen pensamientos que no habíamos convocado. Recordamos situaciones que creíamos olvidadas. Imaginamos conversaciones que probablemente nunca ocurrirán. Repetimos preocupaciones una y otra vez.

Las tradiciones del yoga dedicaron siglos a estudiar estos procesos. Mucho antes del surgimiento de la psicología científica, los practicantes desarrollaron complejos vocabularios para describir la atención, la memoria, los hábitos mentales, las emociones y las formas en que construimos nuestra identidad.

Esto no significa que el yoga pueda sustituir a la psicología o a la psiquiatría modernas. Son disciplinas diferentes, con métodos y objetivos distintos. Pero sí significa que el yoga contiene una profunda tradición de observación de la experiencia humana. Practicar yoga implica aprender a observar nuestra propia mente.

Yoga no significa dejar de pensar

Otro malentendido frecuente consiste en creer que el objetivo del yoga es eliminar completamente los pensamientos.

Esta idea suele producir frustración. Una persona se sienta a meditar, aparecen pensamientos y concluye que está haciendo algo mal. Sin embargo, observar la actividad mental ya constituye una parte fundamental de la práctica.

El problema no es simplemente que existan pensamientos. El problema aparece cuando reaccionamos automáticamente ante cada uno de ellos, cuando confundimos cualquier idea que aparece en nuestra mente con una descripción verdadera de la realidad.

El yoga busca desarrollar una relación diferente con la actividad mental. Aprender a reconocer, observar, comprender y, progresivamente, disminuir nuestra identificación automática con cada pensamiento, deseo o temor.

El yoga y la vida cotidiana

Quizás una de las preguntas más importantes sea qué ocurre cuando termina una sesión de yoga. Podemos realizar una práctica excelente durante una hora y volver inmediatamente a una vida dominada por la impaciencia, la agresividad y la distracción. Podemos aprender a controlar la respiración durante algunos minutos y perder completamente el control ante el primer inconveniente del día.

Aquí aparece uno de los desafíos fundamentales del yoga, pues la práctica debe extenderse más allá de la esterilla. La atención cultivada durante una postura puede acompañarnos mientras conversamos con otra persona. La paciencia desarrollada durante una práctica difícil puede ayudarnos a enfrentar una situación cotidiana. La observación de nuestros pensamientos puede permitirnos reconocer una reacción impulsiva antes de actuar.

El yoga comienza como una práctica, pero busca convertirse en una forma de vivir.

¿Qué ocurrió con el yoga moderno?

Durante los siglos XIX y XX, el yoga experimentó profundas transformaciones. El encuentro entre la India y Occidente, el colonialismo, los movimientos de reforma religiosa, el desarrollo de la cultura física y posteriormente la industria global del bienestar modificaron la manera en que millones de personas comprendían la práctica.

Las posturas corporales adquirieron una importancia cada vez mayor. Aparecieron nuevas escuelas, se desarrollaron métodos diferentes y el yoga se expandió por todo el planeta.

Esta difusión permitió que millones de personas accedieran a prácticas que anteriormente habían permanecido limitadas a contextos culturales específicos. También generó nuevas investigaciones sobre los posibles beneficios físicos y psicológicos de determinadas técnicas.

Pero la popularización tuvo un costo. En muchos lugares, el yoga terminó reducido a una forma de ejercicio físico, la filosofía desapareció, la ética fue olvidada, la meditación se convirtió en un complemento opcional. Aquí, una tradición dedicada durante siglos a investigar el sufrimiento, la conciencia y la liberación terminó convertida en una actividad destinada principalmente a mejorar la flexibilidad.

No es necesario abandonar las posturas

Reconocer esta historia no significa rechazar la práctica corporal. Las asanas pueden constituir una excelente puerta de entrada al yoga. Nos permiten desarrollar fuerza, equilibrio, movilidad y conciencia corporal. Pueden ayudarnos a observar nuestras limitaciones, reconocer la impaciencia y aprender a permanecer presentes ante determinadas dificultades.

El problema no se encuentra en practicar posturas, se encuentra en creer que no existe nada más allá de ellas. Una práctica verdaderamente enriquecedora puede comenzar con el cuerpo y avanzar progresivamente hacia la respiración, la atención, la ética, la meditación y el conocimiento de uno mismo.

No todas las personas recorrerán el mismo camino, tampoco necesitan hacerlo. Pero saber que ese camino existe cambia profundamente nuestra manera de comprender el yoga.

Una tradición que formula preguntas difíciles

Quizás una de las mayores riquezas del yoga sea que nos obliga a formular preguntas que normalmente evitamos. ¿Por qué me resulta tan difícil permanecer en silencio? ¿Por qué reacciono siempre de la misma manera ante determinadas situaciones? ¿Cuántas de mis decisiones son realmente conscientes? ¿Hasta qué punto mis deseos gobiernan mi vida? ¿Quién soy cuando dejo de identificarme constantemente con mis pensamientos, mis posesiones y mis expectativas?

Estas preguntas no tienen respuestas rápidas y, probablemente, esa sea una de las razones por las que continúan siendo importantes.

Vivimos en una cultura que ofrece soluciones inmediatas para casi todo. El yoga pertenece a una tradición diferente. Propone observar, practicar, equivocarse, volver a comenzar y continuar.

Más allá de la esterilla

Tal vez la imagen más representativa del yoga contemporáneo sea una persona realizando una postura perfecta. Pero la verdadera práctica puede ser mucho menos espectacular.

Respirar conscientemente antes de responder con ira. Reconocer un pensamiento sin dejarnos arrastrar inmediatamente por él. Actuar con honestidad cuando mentir sería más conveniente. Escuchar con atención a otra persona. Aceptar nuestras limitaciones sin abandonar el esfuerzo por transformarnos.

Ninguna de estas acciones produce fotografías impresionantes. Sin embargo, están mucho más cerca de los grandes problemas que las tradiciones del yoga intentaron abordar durante siglos.

El cuerpo puede ser el comienzo, la respiración puede mostrarnos el camino, la meditación puede enseñarnos a observar, la ética puede transformar nuestra manera de relacionarnos con los demás y la práctica constante puede modificar lentamente nuestra forma de vivir.

Quizás comprender el yoga más allá de las posturas signifique precisamente eso: descubrir que la práctica no termina cuando enrollamos la esterilla. En realidad, es entonces cuando comienza.

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